El recorrido, a pie, desde la estación del metro hasta mi casa se hace en 15 minutos. Pero ésa tarde, bueno, noche, me pareció que duró 3 horas. El azul oscuro ya había cubierto el cielo. Gracias diciemre. “¿Por qué coño me empeñé en terminar ese reporte hoy?”, pensé. Esa terquedad de ser extremadamente perfeccionista me iba a costar caro.
Salí de la estación del metro de Sabana Grande y por supuesto, el boulevar estaba atestado de gente. Primer suspiro de alivio. Agarré hacia el Mcdonalds y empecé a subir hacia la Solano. “Ay ojalá que esté el metrobus”. No estaba. Seguí mi camino cuesta arriba en dirección a la Libertador. La panadería seguía abierta y había gente en ese callejón horrible. Segundo suspiro de alivio. La pasé y seguí caminando. Hasta ahí llegaron los suspiritos.
No escuchaba pasos, obviamente. Sino la respiración fuerte de un hombre que de reojo parecía bastante alto. Me apreté duro la cartera contra el cuerpo. Las manos empezaban a sudarme e intenté apurar el paso. “No puede hacer nada aquí, hay gente viendo” “Coño que el semáforo esté en verde”. Lo estaba. Crucé la Libertador, sentido este, con la esperanza de que el hombre no lo hiciera conmigo. ¡Qué ilusa! “Me meto en el abasto. Por favoooor que esté abierto”. Y en la isla esperando a cruzar la avenida en sentido oeste, escuché la santamaría.
Seguí con paso decidido. No tenía donde meterme, no había nadie en esa maldita calle Negrín. NADIE. Pude alejarme un poco porque ya casi corría. “Las llaves, coño, no saqué las llaves”. Sentía las lágrimas a punto de escapárseme. Respiraba y gemía un poco. Agarraba con más fuerza la cartera. Se volvía a acercar, escuchaba su respiración, entrecortada también.
Me cambié de acera (a la de mi edificio) y él también. Llegué a la entrada de mi residencia y comencé a buscar las llaves desesperadamente. Las encontré, y ahí estaba él. Ahí estaba él, pasando de largo mientras me miraba con escepticismo. Abrí la reja, me senté en las escaleras y me eché a llorar.

